27.1.16

Mejor que un bonsai, un haiku

En ocasiones los occidentales y concretamente los aragoneses, sublimamos el zen japonés pasándolo por un poco de cierzo. Pasa como con ir en moto, diseñar videojuegos, hacer sushi de ternasco, tempura-crespillos de borraja sin azúcar. Allí estamos.

La estética irregular, desgarrada pero con raíces, profunda y sencilla del arte japonés, pueblo con dolor, es natural que cale especialmente aquí. Por ello Tadao Ando abriría con estupefacción su boca ante esta escultura cuya potencia expresiva no he visto igualada en ningún paisaje urbano japonés. 

Merecería estar en el Parque Ueno de Tokio pero tenemos la suerte de poder apreciarla a diario. Está en el Puente de la Almozara-Gancho Side. Yo dejo que me sorprenda y suelo desviarme cuando vuelvo de trabajar para verla una vez por semana, y hasta hoy desde que la descubrí siempre me ha conmovido.

Se merece un acompañamiento del compositor de haikus Matsuo Bashoo, que en el siglo XV dejó sus mejores impresiones en un viaje-huida de la Corte hacia el Tookoku, el norte profundo japonés, recientemente asolado por un tsunami. Es un haiku dedicado a la despoblación aragonesa, a La Lluvia Amarilla, a Ainielle y un martes por la tarde en noviembre en Berdún, donde dice mi madre que solo puedes esperar a la muerte… Habrá que insuflar vida…



kono michi wa    yuku hito nashi ni        aki no kure
Este camino         ya nadie lo recorre       salvo el crepúsculo



21/01. Luis Iribarren.
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