16.1.16

El efecto Starbucks en la política aragonesa

José Ignacio Torreblanca habla hoy en El País del “Efecto Starbucks” referido a la política, con razones que nos llevan a “al motivo, a la motivación” por el que “los viejos partidos” parece más viejos al no querer entender que la novedad la exige la sociedad, que la que realmente ha cambiado es toda la sociedad, que además de más exigente, se ha vuelto sobre todo más volátil, más capaz de creer o no creer con arreglo a lo que se ofrece, y no tanto a lo que se representa como mochila histórica.

Los partidos políticos deben ofrecer a sus militantes y sobre todo a sus votantes, una nueva forma de entender “sus propios” problemas, aportando soluciones e ideas cercanas a su realidad territorial y social, pues ya no sirve hablar de soluciones irreales, incluso ni de soluciones generales, pues lo que cada ciudadanos solicita es una solución a “su” medida. Y si hay otros que les ofrece más tipos de café, con más tipos de leche, con más limpieza, más comodidad y mejor sonrisa, cambian y no miran atrás. Las personas han dejado de creer en los políticos y bien que nos lo hemos ganado entre todos (unos por cabrones y jetas y otros por no saben mirar bajos las alfombras) ahora miran por ellos, pues han dejado de creer en lo que representamos nosotros. Nos necesitan, pero nos desechan cuando les fallamos con mucha más tranquilidad que antes. Es mentira que se hayan vuelto más desafectados, lo que se han vuelto es más anodinos ante los problemas que no sean “sus” problemas, pues esos los entienden mucho mejor y es más complejo engañarlos por activa o por pasiva. Y todxs están hartos de ser engañados constantemente. Bueno, todos no, que algunos partidos siguen gozando de un suelo muy alto.

En estas décadas, o sabes tratar con excelencia a los militantes, a los votantes todos los días, con mucha pero seleccionada información, sin intención de mentir (nunca) pero tampoco de manipular, con deseos de explicar las soluciones pero también con la de explicar las negaciones, y dando siempre la cara aunque a veces te la ponga colorada la sociedad si no eres capaz de responder lo que esperan de tí, o no hay nada que hacer. Es mejor decir NO que engañar con un “si pero”. Eso sí, explicando con claridad el NO.

Si te piden un café que no tienes, no les digan nunca que ese café que te pide el militante o el votante es malo, que no lo tienes pues no lo quiere la gente, que resulta caro y no encaja en tu servicio. Diles que tienes otros cinco cafés diferentes que son muy parecidos y en algunos aspectos mejores, y que él, como militante y como votante, puede elegir entre esos cinco (cafés o ideas) que SÍ tienes, convencidos todos de que son los mejores. Los tuyos son los mejores (lo sabes y te lo crees), pero nunca digas que los “otros” son los peores. Si acaso explica cómo son los tuyos, no como un vendedor de humo sino como un amigo.
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