23.9.26

Zaragoza contra Aragón. ¿Para qué sirve?

Seguimos asentados con la triste sensación de "Zaragoza contra Aragón" que lleva décadas sobre todo en lo que podríamos llamar Territorio como un mantra no sé si equivocado pero si como una enfermedad social compleja, y que posiblemente no lo nota o lo siente as, el ciudadano de la capital.

Es verdad que una Región o Autonomía tan enorme como Aragón, en donde el 50% viva en una sola ciudad es un problema si no se trata bien, incluso si no se sabe explicar bien y de forma correcta y similar entre las escuelas de toda la sociedad aragonesa. Pero a su vez, da la sensación de que Aragón sin Zaragoza todavía sería menos. Política y económicamente menos respetada en la España que ningunea a los territorios de su interior.

Esta sensación cuando menos, afecta a las relaciones y siempre hay dudas de si también afecta a la calidad de vida económica y de servicios, si no se debería hacer mejor, de otra manera, para que la vertebración de Aragón fuera otra.

Una ciudad real no termina donde acaba su ayuntamiento. La gente vive en un municipio, trabaja en otro, compra en otro y utiliza carreteras, hospitales, universidades, polígonos y transportes repartidos por todo el territorio. Y en Aragón, muchas veces, está censada en donde quiere censarse, que no es en donde vive.

Si cada administración piensa exclusivamente en su propio término municipal, aparecen duplicaciones de infraestructuras, competencia por atraer empresas y población, redes de transporte mal coordinadas, planificación urbanística contradictoria y dificultades para realizar grandes inversiones comunes. La OCDE considera por eso que las áreas funcionales —dónde vive y trabaja realmente la población— son más importantes económicamente que muchas fronteras administrativas históricas. Y a veces los censos tienen una importancia muy relativa.

El problema comienza cuando esa identidad territorial condiciona dónde se pone una infraestructura, o impide compartir servicios, y sobre todo si provoca que una inversión se rechace porque beneficia demasiado a la capital o, en sentido contrario, hace que la capital ignore sistemáticamente las necesidades periféricas y se le niegue el crecimiento pensando que ya es excesivo.

Normalmente nadie obliga a una persona de Calamocha, Alcañiz, Jaca o Ejea a trasladarse a Zaragoza. Pero tampoco es una elección realizada en un vacío: si la universidad, determinados empleos, hospitales especializados, empresas, ocio y posibilidades profesionales se concentran en un punto, ese punto ejerce una fuerza de atracción muy poderosa. La OCDE denomina a buena parte de esto: economías de aglomeración.

Una metrópoli fuerte puede generar actividad hacia su entorno; pero para que ocurra hacen falta buenas conexiones y políticas territoriales que permitan que esos beneficios se difundan. Y aquí aparece una cuestión que conecta mucho con nuestro problema si no se gestiona bien: una gran capital regional puede ser simultáneamente un problema territorial, en la similar realidad de que es uno de los principales activos del territorio. No existe contradicción económica entre ambas cosas. El problema aparece cuando las conexiones entre capital y territorio son débiles o cuando el crecimiento urbano y el territorio funcionan como mundos separados.

Una Zaragoza muy potente puede atraer población y actividad desde otras partes de Aragón o del mundo, contribuyendo indirectamente a la despoblación de su Autonomía. Pero esa misma Zaragoza proporciona a Aragón un mercado grande, universidad, hospitales de alta especialización, conexiones logísticas, servicios empresariales, capacidad administrativa y una dimensión urbana que una región de 1,37 millones de habitantes repartidos únicamente entre pequeñas ciudades y pueblos no tendría. Y un respeto mayor desde la España que abandona a su interior de forma sistemática, excepto Madrid.

Pero la combinación aragonesa es bastante poco frecuente en Europa. Hablamos de una región muy extensa, de baja densidad poblacional, con una sola ciudad (una sola) que concentra aproximadamente la mitad de toda la población regional y, además, una parte todavía mayor de la universidad, la administración, los servicios especializados y determinados empleos.

Pero el problema de una región muy despoblada como Aragón no consiste necesariamente en tener una capital como Zaragoza demasiado fuerte; podría consistir en no conseguir que la fortaleza de esa capital se transmita suficientemente al resto del territorio.

El caso sueco de Västerbotten–Umeå, en el norte de Suecia, es probablemente el parecido demográfico más similar en Europa al caso Zaragoza contra Aragón, pues se desmonta con facilidad una explicación demasiado sencilla de «Umeå vacía Västerbotten», igual que resultaría simplificador decir «Zaragoza vacía Aragón». Pero no es sencillo encontrar en Europa algo similar a nuestra sensación persistente de un gran territorio muy poco poblado contra su capital que tampoco es una ciudad muy grande.

En Francia existe desde hace décadas el problema de la extraordinaria concentración parisina. La expresión clásica Paris et le désert français nació precisamente para describir una Francia en la que París concentraba población, instituciones, empleo cualificado y capacidad de decisión.

En los países de la OCDE, la tendencia general durante décadas ha sido que la población se concentre en ciudades y áreas metropolitanas. Quienes cambian de región lo hacen mayoritariamente hacia áreas metropolitanas buscando empleo, estudios, mayores ingresos o determinados servicios y oportunidades.

Vamos a ver (buscar el gráfico abajo del todo) algunos datos oficiales para intentar entender mejor si existen razones o razón, para ese Zaragoza contra Aragón.

Hay un primer resultado interesante: en empleo y empresas, el peso de la provincia de Zaragoza es prácticamente proporcional a su peso demográfico. Tiene el 73,2 % de los habitantes, el 72,8 % de las afiliaciones y el 71,4 % de las empresas. Donde sí sobresale claramente es en exportación, con aproximadamente el 80 % por la lógica de que las empresas grandes que son las que más exportan se concentran en zonas muy pobladas.

Eso no parece compatible con una explicación sencilla del tipo «Zaragoza acapara toda la actividad que correspondería a los demás». Una buena parte de su enorme peso económico deriva simplemente de que allí reside una proporción enorme de los aragoneses.

Ahora bien, la ciudad sí produce un fuerte efecto de concentración. La propia documentación territorial del Gobierno de Aragón utiliza expresamente la palabra «macrocefalia» para describir una comunidad en la que Zaragoza municipio concentra el 51,22 % de la población y en la que falta una red suficientemente potente de ciudades intermedias. Y ese es a mi parecer el gran problema de Aragón. NO HAY CIUDADES INTERMEDIAS.

Parte de lo generado en Zaragoza no queda en Zaragoza. Los impuestos autonómicos y la participación aragonesa en grandes impuestos estatales entran en la Hacienda de la Comunidad y financian el conjunto del presupuesto aragonés; no existe una caja fiscal del municipio de Zaragoza que retenga, por ejemplo, el IRPF o el IVA generado allí. Aragón participa, entre otros, en el 50 % del IRPF y del IVA cedidos según el sistema de financiación.

Además, existen mecanismos que deliberadamente gastan más o conceden ventajas específicas fuera de los grandes centros urbanos. La Ley aragonesa de Dinamización del Medio Rural creó un régimen especial de fiscalidad diferenciada para asentamientos con alto o extremo riesgo de despoblación, incluyendo beneficios en IRPF y otros tributos.

El Fondo de Cohesión Territorial declara expresamente que dirige recursos hacia municipios con mayores dificultades demográficas y menores niveles de desarrollo. Y el FITE constituye un caso aún más evidente: es financiación específicamente reservada para corregir desequilibrios de la provincia de Teruel; el convenio correspondiente a 2025 alcanzó 73 millones de euros. El sistema institucional aragonés reconoce en realidad dos costes diferentes: el coste de la dispersión y la despoblación, y el coste de la concentración y la capitalidad.

¿Es suficiente? Pues NO. Las diferencias de tamaño son tan tremendas, que resulta imposible hacer suficiente discriminación positiva (se hace) desde Zaragoza al resto de Aragón para revertir las realidades. O se hace desde Madrid, desde el Estado, o es imposible cambiar esta deriva. Pensar en hacerlo solo desde Zaragoza ciudad supondría empobrecer Zaragoza y con ello Aragón, a costa de otros territorios vecinos que sí saben cuidar sus polos de crecimiento económico.

Una Zaragoza disminuida sería un enorme éxito para ciudades interiores del entorno como Logroño, Pamplona o Lérida. En estos momentos, Zaragoza es con gran diferencia, la ciudad interior de España con más proyección económica y mayor tamaño. No cuento aquí a Sevilla, pues no es posible decir que sea una ciudad del interior aunque no tenga salida directa al mar.

Un gran hospital, una universidad muy especializada, un centro de investigación o determinados servicios administrativos tienen economías de escala. Situarlos todos en cada comarca sería imposible. Zaragoza proporciona al conjunto de Aragón servicios que de otro modo probablemente no existirían con esa dimensión. Pero para quien vive a 150 kilómetros, que el servicio sea «de todos los aragoneses» no elimina el coste de desplazarse hasta Zaragoza.

El caso reciente de la radioterapia en Huesca es casi un experimento perfecto. Hasta 2024 muchos pacientes dependían de Zaragoza. La creación de una unidad satélite en el Hospital San Jorge permitió tratar ya a más de 1.000 personas y, según el Gobierno de Aragón, evitar aproximadamente 2,7 millones de kilómetros de desplazamientos. La unidad continúa vinculada técnicamente a los grandes hospitales zaragozanos.

Sobre mi pregunta central —«¿Pierde Aragón cuando crece Zaragoza?»—, la investigación económica dice que pueden producirse simultáneamente dos efectos.

Está el efecto de arrastre: una ciudad grande crea mercados, proveedores, investigación, servicios avanzados, conexiones, empleo cualificado e innovación que pueden difundirse hacia el territorio. La OCDE encuentra efectos positivos de las ciudades sobre regiones rurales próximas y señala que la proximidad y las conexiones permiten a territorios pequeños «tomar prestadas» economías de aglomeración.

Pero existe también el efecto inverso, denominado habitualmente backwash: la ciudad atrae jóvenes, titulados, empresas, inversión y servicios que antes estaban distribuidos. La OCDE advierte precisamente de que los beneficios de las grandes ciudades no se difunden automáticamente y que las regiones rurales remotas tienen muchas más dificultades para aprovecharlos.

Que Zaragoza gane 50.000 habitantes en estos años no permite por sí solo decir si Aragón ha ganado o perdido. Depende de dónde procedan esas personas, qué actividad económica crean o abandonan y cuántas de las funciones generadas por el crecimiento de Zaragoza pueda utilizar el resto de Aragón.

¿Se reparte menos de lo que debería? Esto es un criterio político que los datos solos no resuelven. «Lo que debería» puede significar igual gasto por habitante y sería equivocado eso, nos tendríamos que mover más en igual acceso a los servicios, compensación de los mayores costes rurales o maximización del crecimiento económico. Cada criterio produce un reparto diferente.

No es sencillo encontrar un fundamento estadístico para describir la relación simplemente como una Zaragoza que extrae riqueza de Aragón y se la queda. Y tampoco existe fundamento para suponer que todo crecimiento de Zaragoza se reparte automáticamente y de forma positiva por Aragón.

Zaragoza constituye una enorme máquina de concentración de población, servicios y actividad económica y, al mismo tiempo, es probablemente el principal nodo desde el que Aragón obtiene economías de escala, especialización, exportación y capacidad de competir exteriormente o de ser tenida en cuenta en el Estado.

La cuestión territorial relevante no es tanto cuánto habría que "quitar a Zaragoza para dárselo a Aragón", sino qué parte de las ventajas producidas por esa concentración consigue llegar efectivamente a Huesca, Teruel y al Aragón rural, y qué territorios quedan fuera de ese radio de difusión.

Durante años he escrito aquí sobre la importancia de vertebrar Aragón a base de lograr crecimientos de unas pocas poblaciones para levantarlas hacia al menos los 5.000 habitantes, que puedo asegurar es una cifra casi ridícula. Pero sería el primer paso. Sin lograr que aumente la población de esas 27 localidades que hoy en Aragón tienen más de 5.000 habitantes y menos de 50.000, todo lo demás sobra analizarlo.

En realidad, son menos de esas 27 localidades, pues hay varias que dependen directamente de Zaragoza ciudad. Son satélites de la capital en sus actividades económicas.

Calatayud, Ejea, Tarazona, Caspe, La Almunia, Tauste, Alagón (con dudas), La Muela, Borja, Fuentes (con dudas), Monzón, Barbastro, Fraga, Jaca, Binefar, Sabiñánigo, Sariñena, Tamarite, Graus, Alcañiz, Andorra, Calamocha y Utrillas serían las localidades sobre las que se debería actuar con especial dedicación. Son 23 ciudades que no dependen de Zaragoza y que deben crecer casi con urgencia. De ellas 14 no llegan a los 10.000 habitantes.

Julio Puente


Datos de Aragón y Zaragoza