24.7.13

Alegoría a la Torre Nueva de Zaragoza publicada en 1892


Artículo publicado en la Revista Blanco y Negro, sobre la Torre Nueva de Zaragoza, el 14 de agosto de 1892.
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¡Caerás, caerás, oh Torre Nueva! Los ediles de tu pueblo se empeñan en echarte abajo, y no aparece el salvador Venturilla.

Empezaste a caer hace treinta años, cuando te arrancaron el airoso chapitel que formaba tu corona, decapitándote, dejándote desmochada a manera de campanario de aldea; y ahora, si tu inclinación no ha aumentado desde los reconocimientos periciales de 1847 y 1849, has tenido el mal gusto de arrojar al la calle «algunos cascotes de yeso y ladrillos , para que la gente  a quien estorbas exclame con voz fatídica: ¡Abajo!

¿Qué español-ilustrado no conoce tu historia? Los Juradas de la ciudad, en sesión de 22 de Agosto de 1504, acordaron «erigir una torre de reloj, para el gobierno de los tribunales, enfermos y vecinos», y el rey D. Fernando el Católico aprobó el acuerdo en 22 de Septiembre del mismo año; delineó los planos el maestro Gabriel Gombao , y la construcción se hizo en quince meses por los maestros albañiles Juan de Sariñena, cristiano, Ince de Galj, hebreo, y Ermel Vallabar y Monferriz; moro, «resultando una de las obras más notables del estilo mudéjar , por su originalidad y gallardía; el maestro Jaime Ferrer, de Lérida, fabricó el reloj con dos campanas, una para señalar las horas, y otra para loa cuartos, por el precio de 100 florines de oro, su base, octogonal mide 45 pies de diámetro, su altura es de 312 pies, y su inclinación, que empieza á unos 10 pies del suelo y sigue hasta los continuando el resto vertical es de nueve pies y medio, y se asegura que su arquitecto, Gabriel Bombeo, la construyó así de intento.

Tu campana, oh Torre Nueva, con la grave y poderosa, voz que la diera el fundidor leridano, ha anunciado al pueblo de Zaragoza los hechos más insignes: el juramento de Carlos (ante el Justicia Mayor de Aragón, prometiendo guardar y hacer guardar los fueros del reino; la heroica muerte, en suplicio glorioso, de Juan de Lanuza; la victoria del valeroso Staremberg en las hondonadas y laderas del Barranco de la Muerte; las tremendas revueltas del populacho en Abril de 1766, que sólo se apaciguaron con la abnegación del ilustre Pignatelli , el heroísmo, 'humilde del P. Garcés y el valor de los labradores del Arrabal, San Miguel y San Pablo; los memorables Sitios de la Guerra de la. Independencia, cuando los cañones de Lefèbre Verdier, de Lannes y Moncey arrojaban millares de bombas, y el tañido de tu campana protegía a los indomables sitiados.

Caerás, oh Torre Nueva, y se confundirán tus escombros, en la misma ciudad de Zaragoza, con los escombros del grandioso monasterio de Santa Fe, de la cartuja. de Aida Dei, del soberbio convento de Santo Do- mingo, de la gallarda Cruz del  Coso, de la puerta. romana del Ángel, y quizá, también, «porque malos vientos soplan››, del insigne palacio de la Aljafería.

Y cuando rueden por el suelo empolvado los restos de tu grandeza, recordaremos las torres de los Asinelli, de Garisenda y de Pisa, más inclinadas que tú y dos ó tres siglos más viejas que tú, y exclamaremos con penoso desaliento: ¡Sursum cerda!

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