8.2.13

También el cierzo es un compañero más de vida zaragozana

Pocas veces hablamos bien del cierzo que tan bien ataca Zaragoza. Sin el cierzo nuestra Zaragoza sería más gris, con más nieblas (todavía), con más polución y menos color. Pero el cierzo nos deja las neuronas un poco tocadas, lo sabemos.

Ya hace más de 2.000 años que tenemos referencias del viento que nos trae las lluvias del Cantábrico o nos inunda de frío los inviernos ventoleros. Es un aire que nos deja como un poco más cabezones, broncos y duros, como más capaces de saltar a la mínima; aunque luego cuando retoma la tranquilidad también nosotros nos sentimos suaves y cariñosos.
Estamos en días de cierzo y los cielos se nos tornas infernales, duros y llenos de colores de fuego. Es como si todo —cuando el sol se pone— fuera a hundirse hacia el lugar de los demonios. Pero es también maravilloso contemplarlo y ver su transformación al negro. Todos estos cielos infernales terminan en pocos minutos desapareciendo hacia la nada negra, hacia la noche fría. También esto es Zaragoza.

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