2.10.26

Torre Nueva de Zaragoza: la torre inclinada que la ciudad decidió derribar

Torre Nueva de Zaragoza

Durante casi cuatro siglos, la silueta de Zaragoza estuvo marcada por una torre extraordinaria. Alta, mudéjar, ligeramente inclinada y visible desde buena parte de la ciudad, la Torre Nueva fue reloj, atalaya, símbolo urbano y, finalmente, protagonista de una de las decisiones patrimoniales más discutidas de la historia zaragozana. Un error absurdo pero mal intencionado.

Su origen estuvo ligado a una necesidad muy concreta: medir y ordenar el tiempo de la ciudad. Informar a los zaragozanos de la hora en cada momento.

Desde 1440 existía ya un reloj en la torre de La Seo, pero a comienzos del siglo XVI el Concejo decidió disponer de un reloj municipal propio y situarlo en un punto aproximadamente central de la Zaragoza de entonces. Para ello no se limitó a instalar un mecanismo en un edificio existente: decidió construir una gran torre destinada expresamente a convertirse en referencia horaria y visual de la ciudad.

Las obras de la Torre Nueva fueron aprobadas en agosto de 1504 y comenzaron aquel mismo año. Su construcción fue extraordinariamente rápida: en unos quince meses estaba prácticamente levantada. Según consta en la documentación municipal, su coste ascendió a 81.370 sueldos, equivalentes a 4.068 libras jaquesas y 10 sueldos.

En la obra participaron Gabriel Gambao, Juan de Sariñena, maestro de obras cristiano, Juce o Ince de Gali, Gumiel —o Ezmel— Allabar o Valladar y el maestre Monferriz. La combinación de maestros cristianos y mudéjares dio lugar a una de las construcciones más singulares de la arquitectura aragonesa del siglo XVI.

La torre alcanzaba aproximadamente los 312 pies de altura, unos 80 metros. Y desde muy pronto hubo algo que llamó poderosamente la atención: estaba inclinada. Sí, desde el principio. La desviación entre la base y la parte superior alcanzaba unos 9,5 pies, algo menos de tres metros. Aquella particularidad acabó convirtiéndola en una auténtica celebridad y llegó a ser conocida fuera de España como la «torre inclinada de Zaragoza».

Durante siglos se discutió sobre el origen de esa inclinación. Una explicación tradicional sostenía que se había producido durante la propia construcción, al elevarse los cuerpos superiores antes de que las partes inferiores hubieran asentado suficientemente bien. Según esa interpretación, no se trataba de un hundimiento progresivo del terreno.

También se defendió reiteradamente que la inclinación, aunque muy visible, no significaba necesariamente que la torre estuviera en peligro de derrumbe.

La Torre Nueva era, ante todo, la gran torre del reloj municipal. Sus campanas marcaban las horas y los cuartos y regulaban buena parte de la actividad cotidiana de la ciudad. Las dos grandes campanas fueron fundidas hacia 1508 por Andrés Asín en el corral de Marigaita, en el barrio de las Tenerías de Zaragoza. La mayor tuvo que ser sustituida apenas dos años después por resultar defectuosa, y tenía un peso aproximado de 220 quintales.

Tras la desaparición de la torre, las campanas no fueron destruidas. Se conservaron durante un tiempo en la Lonja y posteriormente fueron instaladas en una de las torres de la basílica del Pilar. El primer relojero encargado del mecanismo fue Jaime Ferrer, de Lérida. Naturalmente, un aparato de estas características no podía permanecer cuatro siglos sin modificaciones. A lo largo del tiempo el reloj fue sustituido o renovado en diversas ocasiones: 1680, 1712, 1762, 1827 y 1880.

Arquitectónicamente, la Torre Nueva era también excepcional. Constaba de cuatro cuerpos. El inferior partía de una compleja planta estrellada de dieciséis puntas y, conforme ascendía, la construcción evolucionaba hacia formas octogonales. El juego del ladrillo, las formas geométricas y la decoración mudéjar la convertían en una construcción fácilmente reconocible.

El remate superior que durante buena parte de los siglos XVIII y XIX, y que coronaba la torre, fue añadido en 1749.

Precisamente ese remate fue la primera víctima de las dudas sobre la estabilidad del edificio. En 1878, catorce años antes de que comenzara la demolición completa, fue desmontado como medida preventiva.

Pero la Torre Nueva no sirvió solamente para decir la hora. Su enorme altura la convertía también en un magnífico observatorio. Durante los Sitios de Zaragoza, en 1808 y 1809, desempeñó un papel importante como torre vigía. Desde su parte superior podía observarse una amplísima extensión de los alrededores de Zaragoza y controlar los movimientos de las tropas francesas que cercaban la ciudad.

Paradójicamente, la torre sobrevivió a los Sitios, a siglos de temporales y a incontables transformaciones urbanas, pero no sobrevivió al miedo del siglo XIX. Bueno, al miedo y a las presiones de los comerciantes de la zona.

Con el paso de los años aumentaron las discusiones sobre su inclinación y sobre la posibilidad de que pudiera desplomarse. Arquitectos, ingenieros, políticos, intelectuales y ciudadanos participaron en un largo debate. Unos defendían su conservación; otros consideraban que mantener una torre inclinada de aquellas dimensiones constituía un riesgo que la ciudad no debía asumir.

Nunca existió un consenso verdadero. Finalmente se impuso la opción del derribo. La demolición comenzó en 1892 y concluyó en 1893. Zaragoza perdió así uno de sus edificios más reconocibles y uno de los monumentos que durante cerca de cuatrocientos años habían definido el perfil de la ciudad. La desaparición de la Torre Nueva no puso fin, sin embargo, a su historia.

Desde entonces se han sucedido los recuerdos, las polémicas y los proyectos destinados a recuperar de algún modo su presencia. En el lugar en el que estuvo levantada se construyó un pequeño monumento que reproduce parcialmente su arranque y permite identificar sobre el espacio urbano actual la posición que ocupaba.

Desde 1980 existe además una Asociación de Amigos de la Torre Nueva. A lo largo de las últimas décadas han aparecido diferentes propuestas de reconstrucción. En 2015, por ejemplo, el Partido Aragonés incluyó en su programa municipal la posibilidad de volver a levantarla.

En 2024 surgió un nuevo proyecto impulsado por la Fundación Ingenio Azul, con apoyos institucionales, para estudiar nuevamente su reconstrucción. Hasta ahora ninguno de esos intentos ha llegado a materializarse.

Pero la Torre Nueva sigue estando presente en Zaragoza de una manera bastante singular. Apenas quedan restos materiales visibles y hace más de ciento treinta años que desapareció, pero continúa apareciendo en fotografías, grabados, planos, libros y debates ciudadanos. Quizá esa permanencia explique mejor que ninguna otra cosa lo que llegó a representar.

Zaragoza derribó su Torre Nueva entre 1892 y 1893. Sin embargo, nunca consiguió hacerla desaparecer del todo de nuestra memoria.

Julio Puente

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