El Puente de Piedra de Zaragoza tiene siete arcadas. Y no, no las vemos todas. Solo conocemos seis, aunque sabemos que existe una séptima que está enterrada. El arco cegado del puente de Piedra sito bajo el paseo de Echegaray y Caballero, se pudo ver en el año 1976 en una reparación de colectores de agua bajo el suelo del paseo. Este primer arco y la primera pila de esa arcada quedaron ocultos al construirse el muro de contención del Ebro en el año 1720.
El arco o arcada más occidental, el que estaba junto a la entrada a la ciudad, quedó oculto progresivamente por las obras urbanas realizadas entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII para proteger la ribera y ganar terreno junto a la muralla, separando el río de la ciudad.Durante siglos debemos reconocer que el Ebro tenía un comportamiento mucho más irregular que hoy.
Existían en el cauce del río más brazos secundarios, zonas inundables y cauces temporales junto a la muralla. No existían defensas válidas aguas arriba de la ciudad de Zaragoza. El actual Puente de Piedra se calcula que se construyó como lo concoemos a principios del siglo XV.
El primer arco permitía el paso de aguas en épocas de crecida y daba salida a corrientes secundarias. Sin embargo, las obras de defensa de la ciudad fueron modificando la ribera. Se construyeron muros de contención. Se rellenaron espacios junto al puente. Se consolidó el terreno urbano. Se ganó superficie edificable y de circulación. Cuando el terreno detrás de La Lonja quedó definitivamente incorporado a la ciudad, aquel arco perdió su función hidráulica y acabó cegándose.
Cuando los viajeros medievales o incluso modernos entraban en Zaragoza desde el norte, desde el Rabal, no pasaban inmediatamente del puente a la ciudad. Existía una transición entre el cauce y el caserío urbano, hasta encontrarse con La Lonja, había espacios defensivos, muros, rampas y terrenos susceptibles de inundación. La construcción de La Lonja mediado el siglo XVI también obligó a ciertas modificaciones urbanas en la zona.
El cegado del primer arco simboliza precisamente la transformación de aquella Zaragoza desde una ciudad fluvial medieval a una ciudad más estable y urbanizada en su frente del Ebro. Por eso ese arco oculto no es solo una curiosidad arquitectónica. Es también el testimonio físico de cómo cambió la relación entre Zaragoza y su río hace trescientos años.
De hecho, si algún día pudiera excavarse íntegramente la zona próxima al arranque del puente junto a la Lonja o la calle Don Jaime, uno de los hallazgos más interesantes sería precisamente volver a contemplar ese séptimo arco medieval que todavía duerme debajo del Paseo de Echegaray.
El primer arco permitía el paso de aguas en épocas de crecida y daba salida a corrientes secundarias. Sin embargo, las obras de defensa de la ciudad fueron modificando la ribera. Se construyeron muros de contención. Se rellenaron espacios junto al puente. Se consolidó el terreno urbano. Se ganó superficie edificable y de circulación. Cuando el terreno detrás de La Lonja quedó definitivamente incorporado a la ciudad, aquel arco perdió su función hidráulica y acabó cegándose.
Cuando los viajeros medievales o incluso modernos entraban en Zaragoza desde el norte, desde el Rabal, no pasaban inmediatamente del puente a la ciudad. Existía una transición entre el cauce y el caserío urbano, hasta encontrarse con La Lonja, había espacios defensivos, muros, rampas y terrenos susceptibles de inundación. La construcción de La Lonja mediado el siglo XVI también obligó a ciertas modificaciones urbanas en la zona.
El cegado del primer arco simboliza precisamente la transformación de aquella Zaragoza desde una ciudad fluvial medieval a una ciudad más estable y urbanizada en su frente del Ebro. Por eso ese arco oculto no es solo una curiosidad arquitectónica. Es también el testimonio físico de cómo cambió la relación entre Zaragoza y su río hace trescientos años.
De hecho, si algún día pudiera excavarse íntegramente la zona próxima al arranque del puente junto a la Lonja o la calle Don Jaime, uno de los hallazgos más interesantes sería precisamente volver a contemplar ese séptimo arco medieval que todavía duerme debajo del Paseo de Echegaray.
