La horca de la Casa de Ganaderos no estaba en el centro de Zaragoza. La ciudad tenía otra horca pública, la de la justicia ordinaria, situada en la plaza del Mercado. La de los ganaderos estaba extramuros, en el camino del Cascajo, aproximadamente en el actual entorno de San Gregorio. Es decir, en aquellos siglos Zaragoza contaba con dos cadalsos públicos, dos hornas al aire libre no solo para cumplir las sentencias de muerte, sino para que esas sentencias las vieran los zaragozanos.
Los estudios sitúan la hora ce la Casa de Ganaderos en el descansadero de las Coronas del Cascajo, por donde discurría la cabañera que salía de Zaragoza hacia Zuera y las tierras septentrionales, a algo más de una legua de la ciudad. Era un lugar atravesado continuamente por pastores, ganaderos y gentes relacionadas con la trashumancia.
La horca constituía, por tanto, una advertencia perfectamente visible. Era tanto un instrumento de ejecución como una escenificación del poder jurisdiccional de la Casa. Es deicr, como en las películas del Oeste americano.
No todo condenado a muerte era necesariamente ejecutado físicamente en aquella horca. A veces la ejecución se efectuaba en la plaza del Mercado o incluso en el lugar donde había ocurrido el delito, y después el cadáver era trasladado hasta la horca del Cascajo para quedar nuevamente expuesto. La finalidad era claramente ejemplarizante. Y dependía de quien juzgaba al reo.
El 4 de abril de 1493, Arnau de Albierge fue condenado a morir en la horca. Fue llevado por Zaragoza hasta la horca del Mercado. Después de la ejecución, su cadáver fue trasladado a la horca del Cascajo y allí fue colgado nuevamente, ante testigos y con la presencia notarial para dejar claro que la Casa de Ganaderos también había sentenciado muerte.
Era pues la horca jurisdiccional y de exposición de la Casa de Ganaderos, porque cumplía ambas funciones. Los delitos castigados con la muerte eran los más graves. El estudio de la IFC nos dice que quienes terminaban en la horca habían sido condenados casi siempre por asesinato de algún pastor o guarda. Para otros delitos relacionados con el ganado se aplicaban penas igualmente durísimas, pero no necesariamente mortales: azotes, mutilaciones —sobre todo manos y orejas—, destierro, multas y escarnio público.
En 1473, en Zaragoza, Guillén Sardez, descrito como «montañés», fue conducido por las calles zaragozanas hasta el Mercado. Allí le cortaron las orejas y fueron clavadas en la horca; además fue desterrado durante diez años. Solo le ahorcaron las orejas.
En 1477, otro pastor acusado de cambiar fraudulentamente las señales y robar ovejas fue azotado, paseado por la calle Mayor, la Magdalena, San Miguel y el Coso, llevado hasta el Mercado, desorejado y desterrado durante cinco años. Sus orejas también quedaron clavadas en la horca.
En 1491, Juan Blázquez, mayoral de Miguel de Homedes, recibió una pena distinta pero igualmente pública y humillante: fue sacado de prisión y paseado sobre un asno, sin capa ni bonete, porque había permitido que robasen el ganado que tenía bajo su responsabilidad. El sentido de todas estas penas era muy diferente al concepto moderno de reinserción. Se buscaba castigar, deshonrar y, sobre todo, atemorizar y dar ejemplo.
El reo era paseado por las principales calles, para que los vieran los vecinos, acompañado por oficiales y pregones. Una de las fórmulas utilizadas proclamaba que aquella era la justicia ordenada por el Rey y ejercida en su nombre por el Justicia de Ganaderos.
En 1544, los cofrades debatieron qué hacer porque los cadáveres permanecían tanto tiempo expuestos que, al descomponerse, sus restos caían al suelo y podían ser comidos por perros y otros animales. La Casa decidió entonces tapiar alrededor de la horca para proteger aquellos restos, pero no enterrarlos.
Las comunidades de Daroca, Teruel, Albarracín y Calatayud, más numerosos municipios, nobles y eclesiásticos de la época terminaron cuestionando un sistema en el que los ganaderos zaragozanos disfrutaban de amplísimos derechos de pasto y, además, disponían de su propio tribunal para defenderlos. En los siglos XVI y XVII el enfrentamiento llegó a ser muy fuerte, hasta producir conflictos violentos y peticiones en Cortes para restringir o incluso suprimir aquella jurisdicción.
No era sólo un lugar para ahorcar delincuentes. Era una advertencia permanente colocada precisamente junto al camino utilizado por los pastores. Quien atacara a un pastor zaragozano, robara determinados ganados o desafiara gravemente la jurisdicción sabía que podía terminar allí.
Y hay una cuestión que merece una investigación específica porque puede resultar muy interesante para Zaragoza Historias: localizar con la mayor precisión posible dónde estaba la Horca de los Ganaderos en el actual barrio de San Gregorio. Sabemos que era el descansadero de las Coronas del Cascajo, junto a la antigua cabañera hacia Zuera. Con cartografía histórica, toponimia y los planos del término municipal del XIX quizá sea posible situarla con bastante aproximación en el Zaragoza actual.
Y la documentación analizada permite llevar la horca al entorno inmediato del actual Hospital Royo Villanova. La pista decisiva aparece en un documento de 1862, publicado en la Gaceta de Madrid. Al sacar a subasta una finca municipal denominada Torre Lazareto, la describe de una forma extraordinariamente precisa: estaba en el Rabal, «partida de Cascajo», «en el alto de la Horca de ganaderos»; y lindaba con el antiguo camino de San Juan de Mozarrifar y con un descansadero de ganados. Es difícil pedir una identificación toponímica más clara.
Y podemos enlazar esa finca del siglo XIX con el Zaragoza actual gracias a un documento del Gobierno de Aragón de 2000. Al ampliarse los terrenos del Hospital Universitario Royo Villanova, el Ayuntamiento cedió una parcela de 2.165,60 m² que todavía contenía las ruinas de la Torre o Casa del Lazareto. El decreto vuelve a describirla literalmente como situada en la partida del Cascajo, «en el alto de la Horca de Ganaderos».
Una de las pequeñas parcelas colindantes con la Torre Lazareto limitaba con el terreno cedido para instalar el entonces denominado Instituto Anatómico Forense; otra parcela triangular lindaba al norte con el Hospital Royo Villanova, al sur con la calle Nuevo Parque y al este con el terreno del Instituto Forense, el actual Instituto de Medicina Legal de Aragón.
Además, un inventario del archivo de la propia Casa de Ganaderos conserva un expediente de 1845 en el que Inés Serrano solicitaba permiso para construir una casa precisamente «en la Horca de Ganaderos y descansadero titulado las Coronas de Cascajo, camino de Zuera». Por tanto, «Horca», «Coronas del Cascajo» y «descansadero» no son reconstrucciones modernas: seguían utilizándose como referencias territoriales oficiales en el siglo XIX.
Esto encaja perfectamente con el estudio histórico de Daniel Gracia y David Ramos que sitúan el cadalso, la horca, en el descansadero de las Coronas del Cascajo, sobre la cabañera que salía de Zaragoza hacia Zuera, a algo más de una legua de la ciudad.
Hay incluso continuidad física del camino ganadero. El actual Camino del Cascajo sigue uniendo San Gregorio con San Juan de Mozarrifar y continúa siendo reconocido como una antigua vía de paso hacia el norte; de personas, de ganaderos y ganado, una vía que conecta ambos barrios y pasa junto al ámbito del Hospital Royo Villanova.
La documentación demuestra dónde estaba el Alto de la Horca y dónde estaba el Lazareto, pero el cadalso pudo encontrarse dentro del descansadero o unas decenas o centenares de metros alrededor de la Torre Lazareto. Estamos hablando prácticamente del actual San Gregorio, junto al Royo Villanova.
En la imagen vemos el lugar del Lazareto, la torre en donde estaba este edificio, la Torre de Duplá y el camino del Cascajo en el plano de Zaragoza de 1892.
Julio Puente
