8.11.15

Aragón se la juega mañana en Cataluña. Y tú también

Lo que suceda mañana con Cataluña parece importarnos tan poco al resto de españoles que asombra y sorprende que no se hayan escuchado voces solicitando cordura desde otras instituciones del Estado autonómico. Es como si sólo le importara a Madrid y a Cataluña lo que a partir de mañana vaya a suceder en/a/con nuestro vecino. Tímidamente Lambán (no sé yo si como Presidente del Gobierno de Aragón o como Presidente del PSOE aragonés) parece el único que ha pedido mediación y se ha ofrecido para ello sin ningún eco.

Lo que suceda a partir de mañana en Cataluña, sea poco o sea mucho, nos va a afectar a Aragón. Y mucho. Y lo curioso es que tras decir la frase anterior muchos aragoneses pensarán que no es lo mismo Aragón que los aragoneses.

—A mi no— nos señalaremos muchos, mientras escondemos la cabeza entre el barro.

Estamos en un punto complejo, pues una de las dos partes tiene que ceder. Y en la medida en que se avanza con grandilocuencia, más hay que ceder. Ya no es sólo que se plantee como alternativa que Cataluña se salga de España, sino que quiere ser una República. Que no le importa salir de la Unión Europea, de la OTAN o de la ONU. Incluso acepta que ya no tendrá el euro como moneda. Se quiere rebelar contra Madrid, contra el Tribunal Constitucional y contra todas las leyes que le vengan impuestas. Incluidas las militares. ¿Os parece mucho miedo? Pues es lo que se ha dicho. Es decir, si no se cumple estos agoreros presagios, alguien estará perdiendo. Y perder supone eso, doblegar la rodilla ante la historia y ante su pueblo. ¿A alguien le suenan a algo las palabras: Historia y Pueblo; Patria y Rey o República? Falta “bandera” pero no me encajaba bien para completar el catálogo de banalidades que sirven para morir por nada.

Roto el diálogo, sólo queda esperar que la estulticia de algunos tenga en verdad recambio mental y algo de pólvora de ruido en la recámara. Es decir, soluciones secretas de las que echar mano. Porque esa es la otra. El diálogo no existe, no es factible, no puede plantearse como una opción que no represente la derrota. Dialogar parece la derrota de una de las partes.

Muchos aragoneses nos creemos que no decir nada es no estar en la pomada de la cuestión; no tomar partido es lo sencillo, pues así no se nos puede acusar de lo uno y de lo contrario. Cierto. El cementerio es un lugar hermoso para conservar mudos y callados, silenciosos por obligación. Pero el resto no estamos en el cementerio aunque lo parezca.

Es verdad que la cuestión de Cataluña desde Aragón tiene más aristas que desde ningún otro lugar. Hemos entregado a Cataluña nuestras mejores gentes de anteriores generaciones, más que los andaluces en porcentaje pero mucho menos reconocido. Se fueron los más activos y lanzados, los mismos que ahora enarbolan la bandera de la independencia con toda la lógica, pues ellos fueron los primeros en decidir el no querer seguir siendo extremeños, castellanos o aragoneses. Y es verdad que Cataluña como vecino además de incómodo ha sido chulo y jeta, prepotente y abusón. Y que desde Aragón veíamos como todas las inversiones pasaban de largo posiblemente por habernos quedado aquí quietos y callados el resto que aprendimos a quejarnos en silencio. Pero dentro de nuestro ancestral anticatalanismo tenemos también un amor sincero por los hermanos de la Corona con los que compartimos deseos y ganas de una mejor relación social.

Mañana empieza el lunes. Será el comienzo de un periodo constitucional. Sin duda. lento pero constitucional, pues es imposible continuar así, gane quien gane el órdago catalán. España está agotada, y hay que darle una vuelta. Eso o nos darán media docena de vueltas más. Y eso todavía da más miedo.

¿Soluciones? Sí, claro. Diálogo y preguntar a los catalanes, tras una negociación compleja y con un acuerdo muy bien tasado. Referéndum bien firmado por todos (ojo, todos, y los que no quieran que salgan retratados y medidos en su poder real) los representantes de la sociedad civil catalana, donde se diga en qué condiciones se respetará por ambas partes el resultado y en cuantos años se puede volver a consultar (o no) a la sociedad por idéntica cuestión. Y donde se estipule en qué condiciones ambas partes se van a ayudar en el proceso de desconexión. Y si ese proceso de pacto fracasa y no logra un objetivo contundente de paralización del proceso y aceptación por todas las partes, tocará rezar y comprar mucha cera. Para hacer velas, claro. Cuando se pierden los tiempos, las soluciones son escasas.

Julio M. Puente Mateo
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