19.2.15

¿En qué se diferencia el comunismo del socialismo?

Algunos buenos políticos zaragozanos y tras leer esta entrada del blog me han llamado para decirme que qué tengo yo contra los comunistas. 

La verdad es que nada, mi primer comunista lo conocí siendo yo un niño en los años 60 y que tras pasar por la cárcel y siendo del pueblo de mi padre nos hablaba de la inminente invasión de tropas aliadas por los Pirineos para acabar con la dictadura. A mis 16 años mi hermano me dijo que era comunista y mi mejor amigo de entonces me hablaba de Marx, del proletariado o de las plusvalías y me llevaba a Cine Forum escondidos en iglesias. Tuve una de las primeras tarjetas de apoyo a CCOO cuando todavía no existía con luz un sindicato al que luego pertenecí durante poco tiempo, del que me di de baja por coherencia personal al convertirme en pequeño empresario. Mi hermano sigue siendo comunista, mi amigo falleció y los curas han desaparecido perdiendo sus locales y yo ya no soy casi nada. Snif. Yo nunca he sido comunista.

¿En qué se diferencia la ideología de un comunista de la de un socialista?

En los últimos 2.800 años hemos tenido pocas (creo que sí, pocas) modificaciones profundas en nuestras formas de entender la política, la gestión de la sociedad para buscar el bien común. Incluso los peores dictadores, en realidad, están convencidos de que simplemente están buscando el bien de la mayoría de su pueblo, aunque esto suene a insultante y atroz.

Cuando hace 2.800 años en China comienzan los periodos de Las Primaveras y Otoños podemos comprobar que se parecen mucho al periodo más reciente de La Ilustración. Hemos leído que la democracia griega tenía bastantes aspectos teóricos similares a las actuales procesos democrático aunque entonces solo una minoría tenía derecho a ser considerado ciudadano democrático. A Sócrates hace 2.400 años lo matan por filosofar contra el gobierno y sus abusos. Ejemplos de lo poco que hemos cambiado.

Cuando en el año 1848 Marx y Engels publican El Manifiesto Comunista simplemente plantean un grito contra la forma en que en Europa estaban manipulando las políticas sociales, abusando y empujando hacia el nuevo esclavismo a las personas trabajadoras que eran llevadas hacia la revolución industrial del momento. Y son solo 17 años después cuando en los actuales EEUU y tras ganar los azules a los grises se prohíbe la esclavitud aunque solo sobre el papel de las leyes. Solo 3 años después en Japón sucede algo parecido y solo después de 23 años desde la proclamación del Manifiesto Comunista se crea la Comuna de París como primer gobierno real de los trabajadores. Pocos años para unos cambios sociales muy importantes. Pero hoy han pasado ya 160 años de estas profundas revoluciones sociales.

En realidad lo que en principio parecía contener El Manifiesto Comunista era un planteamiento filosófico y político para prever que la creciente industrialización de todo el mundo occidental no creara un nuevo tipo de esclavos con muchos derechos políticos pero con muy pocos derechos económicos. Era (y es) un grito a la revolución más sencilla de todas, la de darnos cuenta de que si creamos riqueza, esta debe estar repartida y no en manos únicamente del que pone su acumulado capital en lograr más y más riqueza. Era la revolución social que intentaba impedir que la riqueza manipulara a personas, simplemente para obtener más riqueza personal que nunca se compartía. Esto llevó a la participación política de las masas sociales incluso con la ayuda del poder, pero no lograban tanto avanzar hacia su objetivo principal, que era el reparto de las plusvalías económicas que surgían del trabajo. No se repartía el derecho a la educación, a la seguridad, a la justicia, al bienestar, sino solo el derecho a hablar o quejarse creyendo que así sería suficiente. La democracia por sí sola no sirve de mucho, aunque esto cueste entenderlo bien, aceptarlo sin que nos duelan las entretelas.

De aquellas ideas y trabajos de finales del siglo XIX nacen los partidos comunistas, socialistas y laboristas, en un principio con muy parecidas ideas: el reparto hacia los trabajadores —que son los que producen las riquezas nuevas— de los excesos económicos de la industrialización, para que no se queden en manos de unos pocos, por el simple hecho de ser los dueños con anterioridad del capital necesario para poder crear industrias.

Nace también —y auspiciado por el propio sistema que no quiere perder el poder económico— primero una democratización de las masas y luego un estado incipiente del bienestar, de la calidad de vida y derechos laborables, como forma de engañar con caramelos a los trabajadores, para que no hagan revoluciones violentas, pues muchos de ellos se conforman con estos regalos y admiten el sistema como el menos malo.

Las diferencias en aquellos años entre socialismo y comunismo no eran inmensas, sobre todo por las enormes dudas de: ¿hasta donde podía llegar las nuevas ideologías en su desarrollo social? Dudas que siguen siendo hoy muy importantes.

Cuando Marx y Engels escriben el Manifiesto Comunista no están pensado en crear un sistema de gobierno donde no hubiera nada de propiedad privada y TODO fuera del Estado, sino de un Estado donde la propiedad privada tuviera un fuerte control, una mesura, un tamaño determinado que no se debía sobrepasar. Pero con posterioridad los diferentes grados de aplicación de las ideas, nos llevan a la clásica diferenciación entre socialismo y comunismo. Marx y Engels hablan de lo negativo de la propiedad, pero en un sentido teórico. Y debemos aquí recordar que antes de El Manifiesto Comunista de 1848, el francés Saint-Simón ya crea las bases del socialismo teórico, apoyando la propiedad privada pero con controles y mejores repartos sociales por la industrialización creciente, aboliendo la herencia y promoviendo las ventajas sociales de los trabajadores y empresarios en contra de los comerciantes, vagos o personas que viven de las rentas.

Hoy, pensar en un comunismo nos lleva a Corea del Norte, único país que todavía lo aplica pues ni Rusia, China, Cuba o los países de Europa que lo fueron con anterioridad se pueden clasificar hoy como comunistas puros o cercanos al purismo. Muchos de ellos han ido evolucionando a procesos socialistas para en algunos casos caer en gobiernos claramente liberales.

Y entiendo YO que solo con la férrea mano de un dictador dirigiendo el sistema comunismo es posible su aplicación, pues las personas como concepto social e incluso animal no admiten  que todo sea común, no soportan de buen grado que disponer de cosas depende de la decisión de los gobiernos sean estatales o locales, pues al final los ven como Papa o como Dios siempre por encima de ellos empleando el poder disuasorio y no la razón de la libertad individual.

Cuando alguien que se dice comunista afirma que existen otras muchas formas de ser comunista aparte de Corea del Norte dice la verdad, pero también la dice quien asegura la imposibilidad de poder poner en práctica estas formas de gobierno y solicita ejemplos, que no los hay. Hay diversos grados de comunismo, pero solo sobre el papel de las ideas. En cuanto se alejan de ese comunismo teórico se están convirtiendo poco o mucho en socialistas. O lo que es lo mismo, hay muchos comunistas que sin saberlo ellos, en realidad son socialistas.

Cuando Platón habla hace 2.500 años de las ventajas de la propiedad colectiva y de las distorsiones de la propiedad privada excesiva, está planteando las bases más simples del comunismo y socialismo. Cuando Marx habla del comunismo o de nuevos sistemas de organización del trabajo lo hace en una sociedad que está entrando en la industrialización. Cuando habla de la insatisfacción del trabajador con su producción al no considerarla propia, está hablando en parecidos términos a como hoy lo hacen los departamentos de RRHH modernos en las empresas más capitalistas de la globalización. Cuando se dice en el siglo XIX, que hay que procurar que el trabajador se vincule con la empresa y con su trabajo para obtener calidad, nos plantea los mismos conceptos que el neocapitalismo moderno nos está introduciendo desde hace dos décadas de este siglo XXI en los sistemas de RRHH.

Sin duda tanto El Capital de Marx como otras obras de aquella época están claramente superadas en su globalidad por los nuevos tiempos tecnológicos y sociales. Aunque también sin duda hay aspectos de aquellas ideas que son muy válidos y necesarios. No podemos gestionar el siglo XXI desde las ideas en bruto y al pie de la letra en el siglo XIX, aunque parte de ellas sean válidas.

Diríamos que el ejemplo lo tenemos en el libro de Thomas Pikettym El capital del siglo XXI, ameno y fácil de leer, pero complejo en sus planteamientos y que simplemente vuelva a ponernos sobre la mesa las desigualdades sociales y la necesidad de conocerlas y evitarlas. Y estas ideas, que sin duda permanecerán bastantes años hasta que se vayan complementando con otras según avance la sociedad globalizada actual, son ideas socialistas, donde se busca algo tan sencillo como prohibir las desigualdades desde la lógica posible.

Lo importante es que sea posible avanzar en lo mejor, sin que se nos rompa el camino por donde avanzamos. Es decir, posibilismo puro y duro.

Efectivamente el capital, el sistema capitalista aupado por los que poseen los medios de control del trabajo y la producción, se rebelarán siempre contra todo intento de que no haya desigualdades, pues ellos necesitan tener esclavos 3.0 aunque no lo parezcan, y que las personas estén contentas con ser esclavos de sus trabajos mal pagados. Es el gran juego político. El otro, el del comunismo —incluso ciertas variables del socialismo— que prohíben la propiedad para que no haya abusos de la misma, simplemente es hoy imposible y empobrece a los que más se pueden beneficiar de ese sistema.

De momento no se ha podido demostrar NUNCA que con un sistema comunista los pobres sean más ricos o tengan mejor calidad de vida, aunque sin duda han acabado (casi) con los ricos excepto si perteneces a las élites gobernantes. Pero avanzar en el reparto de la riqueza, en evitar las desigualdades, las injusticias sociales, en el control de la propiedad privada excesiva; que SI beneficia a los más necesitados de ayuda social, a las clases sociales más bajas, aunque no siempre logre talar las siempre excesivas posibilidades de las clases más altas. No debemos olvidarnos que las formas de los esclavos son muchas y los mejor pagados parecen muy poco esclavos. Eso permite a los que ostentan el poder, defenderse perfectamente con los mejores asesores esclavos, los más preparados abogados esclavos, etc. Que estas personas no se sientan esclavos es lo lógico, pues los poderosos están muy bien formados para lograr que precisamente sus mejores esclavos nunca se sientan esclavos.

Y por eso mismo la formación de calidad no es deseada como elemento para mejorar la sociedad, pues al final puede terminar por destruir las trampas de los poderosos. Solo los esclavos que no se sientan esclavos tienen derecho a tener una formación de gran calidad. Las personas libres que dispongan de una alta formación son siempre peligrosos.

Julio M. Puente Mateo